miércoles, 3 de marzo de 2010

¿Por qué estudié Matemáticas?

Hace algún tiempo me registré en Formspring.me y últimamente he recibido varias preguntas sobre la enseñanza de las matemáticas, por qué nos resultan tan aburridas, o la causa de la típica aversión a las mismas. Así que he decidido contaros qué fue lo que me motivó a estudiar matemáticas y a vivir de ellas.

Comencemos desde el principio (no, al Big Bang, no; un poco después). En mi casa siempre he oído hablar de Matemáticas toda mi vida: no en vano mis padres son ambos matemáticos. Por este motivo desde que tengo uso de razón los números siempre me resultaron familiares. Se podría decir que en vez de glóbulos rojos y blancos, por mis venas corren números racionales e irracionales.

Desde siempre me han atraído los números. De hecho, uno de mis juegos favoritos cuando apenas tenía 4 años era sumar los dígitos de las matrículas de los coches cuando viajaba con mi padre. Incluso cuando estaba en casa, jugaba a poner exámenes de matemáticas en una pizarra, de la misma forma que escuchaba a mis padres comentar lo que hacían en sus clases.

Después llegaron los acertijos de ingenio, esos de las verdades o los clásicos en versos. Incluso alguna frase ingeniosa sobre las matemáticas. Poco a poco, y sin darme cuenta, fui empezando a querer ser matemático.

Poco más tarde, en el colegio, ya apuntaba maneras en matemáticas. A modo de ejemplo, un par de anécdotas. En sexto de primaria, mi profesor, un señor mayor de la vieja (bueno, aún más antigua) escuela, corregía los problemas por el sistema de la mayoría, es decir, preguntaba los resultados que habíamos obtenido, y el que más gente lo tuviera, ese debía ser el correcto. Todo marchaba perfectamente, hasta que un día yo fui la minoría, y claro, eso a mi no me importó. El profesor dijo que mi resultado, al ser (para mayor escarnio) el único que lo había obtenido (el resto de mis compañeros obtuvieron todos el mismo), tenía que ser erróneo y me emplazó a que lo revisara otra vez. Así que me levanté y le dije al profesor que lo tenía bien y que si quería lo resolvía en la pizarra. Bastante enfadado aceptó, salí, lo resolví y, ante su porpia perplejidad (eso sí, y el cabreo de mis compañeros) admitió que todos los demás lo tenían mal y sólo yo bien.

Un par de años después, en octavo (2º de ESO hoy) otro profesor (físico, para más señas) nos preguntó que cuánto valía 1 dividido entre 0. Levanté la mano y dije esa operación no se puede realizar. El profesor (con un poco de sorna) me dijo que estaba mal y que el resultado era infinito. Las carcajadas de mis compañeros fue brutal. Pero eso no me detuvo y le dije, que si eso era cierto, entonces como 2 dividido entre 0 también sería infintio se deducía que 1 era igual a 2. La cara de descomposición que puso jamás se me olvidará, pero si gané 2 cosas: una fue la de no tener que hacer (junto con otra amiga y compañera) más exámenes finales de matemáticas ese curso, y dos, gané un gran admirador, ya que este profesor, cada vez que me ve, me saluda muy efusivamente y con mucha alegría, la cual yo también se la devuelvo pues me demostró que un profesor puede equivocarse y saber rectificar ante un alumno.

En fin, que para no ser más pesado, durante el instituto, mi relación con las matemáticas siguió siendo estrictamente creciente, incluso gané algún concurso de juegos de ingenio con otro buen compañero que hoy tmabién es matemático. Pero quizás lo que más me impresionó fue mi profesor de 3º de BUP (1º de Bachillerato hoy). Era una persona muy peculiar, catedrático viejo y apasionado de las Matemáticas. Y eso me lo supo transmitir. Tras cada pequeño recodo de una clase, siempre nos contaba algo completamente distitnto, pero relacionado con lo que estábamos dando. A veces sus paréntesis duraban 2 o 3 días, pero siempre era interesante ver la grandísima red de interacciones que son las Matemáticas.

Finalemente me decidí a estudiar Matemáticas y, por supuesto, nunca me arrepentí de mi elección. Cierto es que no se me dieron del todo mal, pero eso no quita que le dedicara un gran esfuerzo a la carrera. Tras ella, me decidí a por la investigación en matemáticas y esto sí que ya es lo máximo. Resolver un problema que nunca nadie antes lo había hecho, es una experiencia indescriptible (no, no es como un orgasmo). Y aquí me tenéis hoy, enseñando matemáticas en la Universidad de Sevilla y divulgándola de la mejor manera que sé en este pequeño rincón personal que es Tito Eliatron Dixit.

Puedo decir, sin miedo a equivocarme, que buena parte de mis sueños ya se han cumplido. Y parece que la saga va a continuar.

¿Y tú? ¿por qué Matemáticas?

Tito Eliatron Dixit.


Imagen extraída de Flickr, obra de recurrence.
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